Todo comenzó como un juego. Y es que, qué historia de amor no comienza así. Donde el amor divierte y la diversión genera a su vez más amor.
Pero los juegos tienen reglas y la reglas trampas. Tanto nos divertimos que olvidamos ese pequeño gran detalle. Quise pensar que hacías trampa, pero en esta anarquía en la que nos embarcamos, simplemente, tú supiste juegar mejor tu juego.
Y extiendo los brazos y trato de alcanzarte, eterna inalcanzable. Pero, en este juego de nosotros dos, siempre te me escapas de los dedos y me observas fijamente y, una vez más, sucumbo a la fuerza gravitacional en que me envuelves.
Como en un juego maquiavélico no hay estrategia o plan que me funcione. Te adelantas a mis acciones y pienso que estoy atrapado en un laberinto sin salida, y diseñado por ti para no hacerme sentir derrotado, para que vuelva como perro arrepentido y en tu experimento personal de Pavlov, suenes la campana y vuelva mi esperanza.
En ocaciones, el juego no es para alcanzarte, es para que seas inalcanzable. Para tenerte idealizada en tu templo, en tu templo de mujer, objeto de mi devoción. Eres la diosa de una religión en la que sólo rezo yo.
Es sólo un juego y ya, y así lo decidimos, pero no quiero jugar más. Ambos sabemos que nunca podré tenerte.
"No fuiste el amor de mi vida ni mis días ni mis momentos, pero te quise y te quiero, aunque estemos destinados a no ser"
