Como por accidente sucede un encuentro efímero entre dos labios, labios que se tocan prófugos de las reglas cotidianas, sólo es menester saciar esa sed inclemente que nos desquicia a acercarnos más. Se anula el paradigma de lo correcto e incorrecto, lo prohibido se vuelve tentador y se carece de voluntad para ignorar al otro, la moral por fin desfallece y renace en este acto polémico entre dos seres. Se torna imposible describir un acto que carece de explicación y sólo tiene sentido al ser ilógico por definición. Furtivo pero anhelando ser visto, la adrenalina se apodera de nuestros cuerpos ansiosos de terminar esta interminable espera y el sufrimiento que nos provoca cada segundo de sobra sin estar juntos nuestros labios. Un roce que no perdura sino sólo lo suficiente pero que en nuestro interior se manifiesta eterno, con una prolongación exacta para aumentar el deseo y éxtasis, esa sensación que agonizamos por volver a vivir. Apaciguados y desesperados al momento, todos los sentimientos se entrelazan creando confusión, cesar o proseguir con ese beso, qué dilema aunque parece fácil su resolución.
El frenesí de esa caricia labial llena de pasión y amor es interrumpido por el llamado del deber y contestar es terminar con algo que capaz nunca debió empezar. Llamaba el destino con el mensaje de terminar lo inadecuado y volver a lo que es conveniente. Un momento incomodo concebido por la despiadada naturaleza que se mofa de dictar todas las normas de ese código de conducta que ahora añoramos quebrantar. Ahora nos alejamos llenos de incertidumbre y de desdicha por ese episodio que deseamos se repita pronto, pero caminamos temerosos de ceder antes los más primitivos instintos que tanto nos acaban de deleitar por míseros segundos. Nos esforzamos en vano por resignarnos al retiro inminente, pero este sentimiento nos hace quedar sujetos al piso sin ofrecer resistencia, resistencia que en realidad nunca existió y que aún no se ha estrenado en nuestras vidas.
De un instante a otro volteamos a vernos y nuestros ojos se encargan de expresar no más que lo suficiente para que el descontrol tome control de nuestros cuerpos que se acercan otra vez cual imanes que no pueden aguardar a la próxima ocasión. Ahora sólo es primordial olvidar los protocolos de lo común y aprovechar la oportunidad de volver a fusionarnos en esa obra teatral donde se expone el arte de no fingir. ¿Será por capricho o por necesidad que incurrimos en la misma infracción de desviarnos de lo habitual, lo lógico, lo razonable y lo sensato?, ¿será que para nuestros corazones es un requisito indispensable el que este beso sea algo extraordinario? No sabemos si empezar donde habíamos quedado anteriormente o si comenzar desde cero y volver a experimentar cada sentimiento desde su base, pero esta vez enaltecidos por no poder contener ningún aspecto de nuestra emoción.
Finalmente estamos juntos después de un beso que, a pesar que el tiempo dicte su final, en nuestras mentes nunca ha terminado. En esta corte suprema somos los acusados y los acusadores, somos los testigos y el jurado, pero más que nada somos nuestros propios jueces ante este tribunal que exalta cada paso que tomamos en la realización de algo restringido. Después de dictada la sentencia final nuestro veredicto es vivir condenados a repetir ese encuentro, ese acto, esa obra de arte, que hoy en día llamamos BESO.
Como por accidente sucede un encuentro efímero entre dos labios, labios que se tocan prófugos de las reglas cotidianas, sólo es menester saciar esa sed inclemente que nos desquicia a acercarnos más. Se anula el paradigma de lo correcto e incorrecto, lo prohibido se vuelve tentador y se carece de voluntad para ignorar al otro, la moral por fin desfallece y renace en este acto polémico entre dos seres. Se torna imposible describir un acto que carece de explicación y sólo tiene sentido al ser ilógico por definición. Furtivo pero anhelando ser visto, la adrenalina se apodera de nuestros cuerpos ansiosos de terminar esta interminable espera y el sufrimiento que nos provoca cada segundo de sobra sin estar juntos nuestros labios. Un roce que no perdura sino sólo lo suficiente pero que en nuestro interior se manifiesta eterno, con una prolongación exacta para aumentar el deseo y éxtasis, esa sensación que agonizamos por volver a vivir. Apaciguados y desesperados al momento, todos los sentimientos se entrelazan creando confusión, cesar o proseguir con ese beso, qué dilema aunque parece fácil su resolución.
El frenesí de esa caricia labial llena de pasión y amor es interrumpido por el llamado del deber y contestar es terminar con algo que capaz nunca debió empezar. Llamaba el destino con el mensaje de terminar lo inadecuado y volver a lo que es conveniente. Un momento incomodo concebido por la despiadada naturaleza que se mofa de dictar todas las normas de ese código de conducta que ahora añoramos quebrantar. Ahora nos alejamos llenos de incertidumbre y de desdicha por ese episodio que deseamos se repita pronto, pero caminamos temerosos de ceder antes los más primitivos instintos que tanto nos acaban de deleitar por míseros segundos. Nos esforzamos en vano por resignarnos al retiro inminente, pero este sentimiento nos hace quedar sujetos al piso sin ofrecer resistencia, resistencia que en realidad nunca existió y que aún no se ha estrenado en nuestras vidas.
De un instante a otro volteamos a vernos y nuestros ojos se encargan de expresar no más que lo suficiente para que el descontrol tome control de nuestros cuerpos que se acercan otra vez cual imanes que no pueden aguardar a la próxima ocasión. Ahora sólo es primordial olvidar los protocolos de lo común y aprovechar la oportunidad de volver a fusionarnos en esa obra teatral donde se expone el arte de no fingir. ¿Será por capricho o por necesidad que incurrimos en la misma infracción de desviarnos de lo habitual, lo lógico, lo razonable y lo sensato?, ¿será que para nuestros corazones es un requisito indispensable el que este beso sea algo extraordinario? No sabemos si empezar donde habíamos quedado anteriormente o si comenzar desde cero y volver a experimentar cada sentimiento desde su base, pero esta vez enaltecidos por no poder contener ningún aspecto de nuestra emoción.
Finalmente estamos juntos después de un beso que, a pesar que el tiempo dicte su final, en nuestras mentes nunca ha terminado. En esta corte suprema somos los acusados y los acusadores, somos los testigos y el jurado, pero más que nada somos nuestros propios jueces ante este tribunal que exalta cada paso que tomamos en la realización de algo restringido. Después de dictada la sentencia final nuestro veredicto es vivir condenados a repetir ese encuentro, ese acto, esa obra de arte, que hoy en día llamamos BESO.

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