Se rumora que si se presta la debida atención, con la serena brisa nocturna, se escucha el relato susurrado de las cenizas de un amor que se ha consumado, pero que no deja de manifestarse cuando ellos se abstraen una vez más de la realidad.
Se cuenta la historia de dos seres cuyo amor es prisionero devoto de la eternidad, para ser escuchada sólo por unos pocos que se desencadenan del prototipo clásico, convirtiendo a ésta en la crónica predilecta de aquellos que se profesan un verdadero afecto. Sólo hace falta contemplar a estas dos personas para admirar lo complejo que son las maniobras que realizan gesticuladas por el romance, actuaciones dignas de los Dioses que observan estupefactos. Cupido y Eros, un mismo Dios, que los guía en esta obra de marionetas donde sólo ellos saben el trasfondo y la realidad intrínseca que, al resto del mundo, se presenta en este burdo teatro llamado vida.
Se miraban con recelo aún sabiendo que sólo se pertenecían el uno al otro. Se perdían en el cosmos contemplando el paisaje que en las noches tenían a su disposición, para apreciar con cada uno de los sentidos y cuyo éxtasis sería inigualable cuando sucediera aquel primer roce que impregnase en el otro su esencia y libere consigo un suspiro estruendoso que despeje el cielo para vislumbrar, en las estrellas, la figura cegadora de la tentación hecha mortal.
El amor era su pretexto primordial o por el contrario ¿sería el desamor?, he allí la incógnita controversial sobre este amor lascivo. Fueron innovadores en este arte que rara vez carece de explicación, por eso aprovechaban cada oportunidad que se les brindaba cuando escuchaban ese reiterativo llamado a reunirse una vez más. El delirio y la locura se exteriorizaban provocados por la adrenalina que recorría precipitadamente sus venas al reconocer el delito existente en sus encuentros. En sus confluencias la pasión no se disfrazaba del pintoresco y tradicional rojo carmesí, sino que tomaba el color de sus pieles yuxtapuestas y cuyas sombras posteriormente no se lograrían diferenciar la una de la otra.
Sus caricias dejaban de ser someras y se adentran en un sinfín de sentimientos. Al tropezarse con las practicas pretéritas que siempre ejecutaron de forma cónsona se podían apreciar infinitos despliegues de talento y experiencia en los más ínfimos reflejos. Fueron de esas parejas que vive su vida segundo a segundo sin tolerar que la sociedad los coercionase, beso tras beso, con vaivenes que hipnotizaban a cualquiera. Muchos pensamientos acometían unos contra otros de forma abstracta en esa eterna rivalidad entre la conciencia y el libertinaje. Los recuerdos solían venir escoltados por grandes cantidades de culpa pero estos sólo se veían superados por el frenesí de la ocasión. Era insólito cómo se podían estrechar los abismos característicos que las distancias suscitan en las parejas comunes con un simple proceder intangible fuera de la cotidianidad sentimental.
Lo prohibido los atrapó en sus redes tempestuosas, redes de las cuales es hace difícil escapar y más aún cuando no se desean librar de ella. La moral y ética siempre estuvieron presentes y muy inmediatos, pero no dejaron nunca de ser vulgares observadores, aún estando en primera fila de este pequeño gran teatro.
Afrodita observaba con lamento como su compañero apostaba, en juegos vanos, las vidas de esas dos personas que se profesaron, perpetuamente, un amor imperecedero recóndito ante los ojos custodiadores de la sociedad. También veía con disgusto como tras bastidores la actriz principal, de esta obra trágica llegaba, invariablemente, a la misma hora a su lujosa morada donde con cariño y abrazos la recibían sus hijos, siempre atentos a ayudarla tras el trabajo extra en la oficina, oficina en la cual, después de ciertas horas, no se contestarían más llamadas.
Que patética aquella ocasión en que todo falleció de repente, impactante lo fugaz que sucedió todo y como ya no habría vuelta atrás. Desventurado fue aquel pobre incauto esposo, quien cuidadosamente, se las ingenió para sobrecoger a su esposa un día cualquiera, para que al final se percatara de que veía a dos personas tan singulares en un mismo cuerpo. La mujer leal con la que se había casado hacía ya unos muy buenos años y esa otra mujer infiel que desconocía por completo y cuya noción de existencia lo marcaría de por vida. Y pretendiendo no creer lo que sus propios ojos le demostraron se alejó desvalido de aquella escena, del acto final de aquella obra fatídica que contrapuso la fidelidad y la lealtad.